-Cállate,
nos va a escuchar! - le dijo Laura a Marco, que se encontraba respirando
agitadamente, mientras decenas de gotas de sudor perlaban su frente, cosa que
sería imposible de ver en la oscuridad que los rodeaba, pero se encontraban a
una distancia más corta de la que a cualquiera de los dos les hubiera gustado,
y llevaban suficiente tiempo en aquél diminuto cuarto de escobas con las luces
apagadas como para que la vista de los dos jóvenes se hubieran acostumbrado a
la oscuridad.
Marco
se encontraba temblando, pero el comentario
de Laura lo hizo respirar de manera lenta y profunda. Puso sus manos enfrente
de su cara e intentó visualizarlas, para ver como las siluetas de éstas
temblaban. Sentía un miedo que le causaba un aguijonazo en el vientre, algo que
no era de extrañar viendo las circunstancias que lo estaban acompañando ese
día.
El caos reinaba fuera del cuarto , se
escuchaban alaridos desesperados y pisadas fuertes por montones, pero el único
ruido que Marco quería escuchar era el que se encontraba ausente; el de las
sirenas policiacas. De pronto, volvió a escuchar el único ruido que esperaba
que no volviera a sonar ese día; el de un disparo.
-¿Ha estado
cerca?- le preguntó en un susurro Marco a Laura.
La pregunta
rompió el trance en el que se encontraba Laura, que veía la puerta con los ojos
abiertos y un rostro que intentaba mostrar valentía, aunque Marco bien sabía
que Laura estaba tan aterrorizada como él.
-No lo sé,
se ha escuchado igual de fuerte que todos los demás- La respuesta no
tranquilizó a Marco, que, sin éxito, volteaba a ver el cuarto en busca de una
escapatoria.
-¿Cómo fue
que empezó todo este lío?- Se preguntó a si mismo mientras seguía escuchando
llantos y correteos fuera del cuarto donde se estaba resguardando.
El día
había comenzado como cualquier otro, se había levantado diez minutos pasados de
las 6 de la mañana, volteó a ver su despertador que con luces rojas anunciaban
la hora y se había despabilado, justo como cualquier otro día.
Llego a la
escuela veinte minutos antes de las 7, tiempo en el cual platicaba con sus
compañeros, los mas escandalosos demostraban cómo habían despertado tan
enérgicos: se gastaban las primeras bromas del día, se ponían a luchar en broma
y demás cosas que normalmente hacían.
La rutina
se rompió cinco minutos antes de las 7, justo cuando normalmente casi todos los
alumnos ya se encontraban en las aulas esperando a que llegue el primer
profesor de la mañana, listo para impartir la primera clase del día. Marco se
encontraba hablando con varios compañeros en una de las esquinas de la parte
trasera del salón sobre un tema que no recordaba, seguramente hablaban de
cualquier escándalo que hubieran visto en los noticieros matutinos. Lo
siguiente que escucharon fue un ruido potente.
Martha, una
de las niñas de su salón bufó y puso los ojos en blanco.
-Los del
otro salón ya van a empezar con sus cuetes-.
Ni bien
había pasado un segundo de que Martha habló, se repitió el sonido por segunda
vez, esto hizo que todo el salón guardara silencio para escuchar mejor lo que
pasaba en alguno de los salones vecinos. El ruido se repitió otra vez. Y otra.
Y otras dos veces más. Martha, así como los demás alumnos del salón estaban con
los ojos bien abiertos, y ya estaban seguros de que sus compañeros no tenían cuetes. Todos dejaron de hacer lo que
estaban haciendo y se miraban en shock unos a otros, hubo unos que se tiraron
al suelo, y los demás no tardaron en seguirlos, mientras escuchaban como se
repetía el sonido de los disparos cada vez más cerca.
Marco
volteó a las ventanas que daban a los pasillos para observar como varios
maestros corrían hacia el sonido de los disparos, incluso los profesores que no
se encontraban en condiciones de ir a ese paso lo hacían, y en otras
circunstancias esto le hubiera hecho gracia a Marco. Lo siguiente que se oyó
fue el ruido de los gritos de varios profesores que al parecer intentaban
hablar con el provocador de la psicosis estudiantil que había entrado en las
instalaciones, seguido de varios disparos que dieron nacimiento a varios gritos
de dolor.
Un profesor
había alcanzado a abrir la puerta, su camisa y sus gafas se encontraban
manchados de sangre, su corbata tinta aparentaba no estar manchada. –No salgan
del salón, bajo ninguna circuns…!- Una bala le atravesó el hombro al tiempo que
el impacto de ésta lo hizo alejarse de la puerta hacia el pasillo, momento que
aprovechó uno de sus compañeros para cerrar la puerta y ponerle seguro.
Varias
compañeras se encontraban abrazadas llorando, mientras que otros disimulaban su
terror y otros se encontraban en posición fetal: modalidad arcaica e infantil
de la seguridad primordial. Marco miró una de las ventanas que se encontraban
paralelas a las ventanas que daban al pasillo, estas daban hacia el patio
central de la escuela. Volteó a ver la ventana del pasillo para ver como un tipo
de una estatura parecida a la suya, portando un chaleco antibalas y varias
armas de grueso calibre amarradas al cuerpo caminaba lentamente como un felino por un lado
del salón.
Cautelosamente
tomó la primera cosa que halló a la mano, ese pequeño libro gordo de
matemáticas avanzadas que tantas veces lo abría pensando “¿De qué me servirá
esto?” Una ironía que en estos momentos tampoco le hacía gracia alguna.
Lo lanzó
fuertemente hacia la ventana que daba al patio haciendo que se cuarteara el
vidrio. Se levantó y corrió hacia la ventana, dando un salto y atravesándola al
tiempo que escuchaba como el psicópata rompía la puerta de una patada. Cayó en
una de las mesas que estaban a un lado del patio mientras miraba la ventana de
su salón en el segundo piso, su boca tenía un sabor a metal, y se dio cuenta
que se había mordido la lengua. Lo siguiente que escucho fue el ruido de
disparos, provenientes de su salón.
Rodó y se
incorporó como pudo para caminar hacia el primer piso de su edificio, a donde
volteara veía cómo los estudiantes de preparatoria del primer piso corrían y
cómo varios profesores daban instrucciones que al parecer todos ignoraban en
medio del pánico colectivo. Marco rengueó lejos de las escaleras que daban al
segundo piso, al tiempo que escuchaba una pistola accionar cerca de las
escaleras.
Cuando
Marco escuchó pisadas en las escaleras, corrió –o hizo el mayor esfuerzo por
correr- hacia las puertas de la escuela, cuando dobló la esquina del edificio
empezó a escuchar disparos, esta vez el ruido provenía de la primer planta. Entró
al cuarto que estaba más cerca y se acurrucó en una esquina. Segundos después
la puerta se abrió. En ese instante Marco se reprochó por haber cometido la
estupidez de no ponerle seguro a la puerta, solo para volver a pensar que no
era obstáculo para aquel individuo. Quien entró, para su fortuna, no fue el
psicópata, sino Laura, una estudiante un año mayor que el, quien si cerró la
puerta con seguro.
Llevaban
aproximadamente media hora en el cuarto, y seguían escuchando el ruido de
disparos, algunas veces cerca, y otras veces mas lejano. Hubo un punto donde el
silencio reinaba, solo para que se volviera a romper con el sonido de balas y
gritos.
-¿Seguirá
fuera?- Le preguntó Marco a Laura, tras un largo rato silencioso, que a Marco
le pareció de horas, aunque seguramente hubieran pasado dos minutos a lo mucho.
Laura le
hizo la seña de que se callara, no apartaba la vista de la puerta, y tras
varios segundos de no moverse, le hizo una seña de asentimiento, y justo cuando
se estaba preparando para hablar, la puerta se rompió de una patada y sólo
alcanzo a ver como alguien jalaba por los pies a Laura. En ese momento Marco
despertó, con el torso completamente húmedo y con la cara perlada por el sudor.
Se levanto de golpe, jadeante, con los ojos abiertos completamente, volteó a
ver a su alrededor y vio la oscuridad de su cuarto, cosa que lo alivió y e hizo
que se tumbara en la cama y cerrara los ojos mientras sonreía al darse cuenta
de que nada fue real. Veinte minutos después abrió los ojos y vio la hora, pasaba
de las 6. Se levantó y fue a lavarse la cara, acto seguido fue a su closet y se
cambió. Cuando los ojos se le acostumbraron completamente a la oscuridad, sacó
una caja de debajo de la cama y la puso sobre ella.
El corazón
se le agitó otra vez mientras miraba aquella caja de gran tamaño, la abrió y
sonrió. Tomó uno de los revolvers que había en la caja y acarició el metal
frío, mientras su sonrisa se ampliaba. –Hoy es el día-.
No hay comentarios:
Publicar un comentario