martes, 15 de enero de 2013

El gran día




-Cállate, nos va a escuchar! - le dijo Laura a Marco, que se encontraba respirando agitadamente, mientras decenas de gotas de sudor perlaban su frente, cosa que sería imposible de ver en la oscuridad que los rodeaba, pero se encontraban a una distancia más corta de la que a cualquiera de los dos les hubiera gustado, y llevaban suficiente tiempo en aquél diminuto cuarto de escobas con las luces apagadas como para que la vista de los dos jóvenes se hubieran acostumbrado a la oscuridad.

Marco se  encontraba temblando, pero el comentario de Laura lo hizo respirar de manera lenta y profunda. Puso sus manos enfrente de su cara e intentó visualizarlas, para ver como las siluetas de éstas temblaban. Sentía un miedo que le causaba un aguijonazo en el vientre, algo que no era de extrañar viendo las circunstancias que lo estaban acompañando ese día.

 El caos reinaba fuera del cuarto , se escuchaban alaridos desesperados y pisadas fuertes por montones, pero el único ruido que Marco quería escuchar era el que se encontraba ausente; el de las sirenas policiacas. De pronto, volvió a escuchar el único ruido que esperaba que no volviera a sonar ese día; el de un disparo.

-¿Ha estado cerca?- le preguntó en un susurro Marco a Laura.

La pregunta rompió el trance en el que se encontraba Laura, que veía la puerta con los ojos abiertos y un rostro que intentaba mostrar valentía, aunque Marco bien sabía que Laura estaba tan aterrorizada como él.

-No lo sé, se ha escuchado igual de fuerte que todos los demás- La respuesta no tranquilizó a Marco, que, sin éxito, volteaba a ver el cuarto en busca de una escapatoria.

-¿Cómo fue que empezó todo este lío?- Se preguntó a si mismo mientras seguía escuchando llantos y correteos fuera del cuarto donde se estaba resguardando.

El día había comenzado como cualquier otro, se había levantado diez minutos pasados de las 6 de la mañana, volteó a ver su despertador que con luces rojas anunciaban la hora y se había despabilado, justo como cualquier otro día.
Llego a la escuela veinte minutos antes de las 7, tiempo en el cual platicaba con sus compañeros, los mas escandalosos demostraban cómo habían despertado tan enérgicos: se gastaban las primeras bromas del día, se ponían a luchar en broma y demás cosas que normalmente hacían.

La rutina se rompió cinco minutos antes de las 7, justo cuando normalmente casi todos los alumnos ya se encontraban en las aulas esperando a que llegue el primer profesor de la mañana, listo para impartir la primera clase del día. Marco se encontraba hablando con varios compañeros en una de las esquinas de la parte trasera del salón sobre un tema que no recordaba, seguramente hablaban de cualquier escándalo que hubieran visto en los noticieros matutinos. Lo siguiente que escucharon fue un ruido potente.

Martha, una de las niñas de su salón bufó y puso los ojos en blanco.

-Los del otro salón ya van a empezar con sus cuetes-.

Ni bien había pasado un segundo de que Martha habló, se repitió el sonido por segunda vez, esto hizo que todo el salón guardara silencio para escuchar mejor lo que pasaba en alguno de los salones vecinos. El ruido se repitió otra vez. Y otra. Y otras dos veces más. Martha, así como los demás alumnos del salón estaban con los ojos bien abiertos, y ya estaban seguros de que sus compañeros no tenían cuetes. Todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se miraban en shock unos a otros, hubo unos que se tiraron al suelo, y los demás no tardaron en seguirlos, mientras escuchaban como se repetía el sonido de los disparos cada vez más cerca.

Marco volteó a las ventanas que daban a los pasillos para observar como varios maestros corrían hacia el sonido de los disparos, incluso los profesores que no se encontraban en condiciones de ir a ese paso lo hacían, y en otras circunstancias esto le hubiera hecho gracia a Marco. Lo siguiente que se oyó fue el ruido de los gritos de varios profesores que al parecer intentaban hablar con el provocador de la psicosis estudiantil que había entrado en las instalaciones, seguido de varios disparos que dieron nacimiento a varios gritos de dolor.

Un profesor había alcanzado a abrir la puerta, su camisa y sus gafas se encontraban manchados de sangre, su corbata tinta aparentaba no estar manchada. –No salgan del salón, bajo ninguna circuns…!- Una bala le atravesó el hombro al tiempo que el impacto de ésta lo hizo alejarse de la puerta hacia el pasillo, momento que aprovechó uno de sus compañeros para cerrar la puerta y ponerle seguro.
Varias compañeras se encontraban abrazadas llorando, mientras que otros disimulaban su terror y otros se encontraban en posición fetal: modalidad arcaica e infantil de la seguridad primordial. Marco miró una de las ventanas que se encontraban paralelas a las ventanas que daban al pasillo, estas daban hacia el patio central de la escuela. Volteó a ver la ventana del pasillo para ver como un tipo de una estatura parecida a la suya, portando un chaleco antibalas y varias armas de grueso calibre amarradas al cuerpo  caminaba lentamente como un felino por un lado del salón.

Cautelosamente tomó la primera cosa que halló a la mano, ese pequeño libro gordo de matemáticas avanzadas que tantas veces lo abría pensando “¿De qué me servirá esto?” Una ironía que en estos momentos tampoco le hacía gracia alguna.

Lo lanzó fuertemente hacia la ventana que daba al patio haciendo que se cuarteara el vidrio. Se levantó y corrió hacia la ventana, dando un salto y atravesándola al tiempo que escuchaba como el psicópata rompía la puerta de una patada. Cayó en una de las mesas que estaban a un lado del patio mientras miraba la ventana de su salón en el segundo piso, su boca tenía un sabor a metal, y se dio cuenta que se había mordido la lengua. Lo siguiente que escucho fue el ruido de disparos, provenientes de su salón.

Rodó y se incorporó como pudo para caminar hacia el primer piso de su edificio, a donde volteara veía cómo los estudiantes de preparatoria del primer piso corrían y cómo varios profesores daban instrucciones que al parecer todos ignoraban en medio del pánico colectivo. Marco rengueó lejos de las escaleras que daban al segundo piso, al tiempo que escuchaba una pistola accionar cerca de las escaleras.

Cuando Marco escuchó pisadas en las escaleras, corrió –o hizo el mayor esfuerzo por correr- hacia las puertas de la escuela, cuando dobló la esquina del edificio empezó a escuchar disparos, esta vez el ruido provenía de la primer planta. Entró al cuarto que estaba más cerca y se acurrucó en una esquina. Segundos después la puerta se abrió. En ese instante Marco se reprochó por haber cometido la estupidez de no ponerle seguro a la puerta, solo para volver a pensar que no era obstáculo para aquel individuo. Quien entró, para su fortuna, no fue el psicópata, sino Laura, una estudiante un año mayor que el, quien si cerró la puerta con seguro.

Llevaban aproximadamente media hora en el cuarto, y seguían escuchando el ruido de disparos, algunas veces cerca, y otras veces mas lejano. Hubo un punto donde el silencio reinaba, solo para que se volviera a romper con el sonido de balas y gritos.
-¿Seguirá fuera?- Le preguntó Marco a Laura, tras un largo rato silencioso, que a Marco le pareció de horas, aunque seguramente hubieran pasado dos minutos a lo mucho.

Laura le hizo la seña de que se callara, no apartaba la vista de la puerta, y tras varios segundos de no moverse, le hizo una seña de asentimiento, y justo cuando se estaba preparando para hablar, la puerta se rompió de una patada y sólo alcanzo a ver como alguien jalaba por los pies a Laura. En ese momento Marco despertó, con el torso completamente húmedo y con la cara perlada por el sudor. Se levanto de golpe, jadeante, con los ojos abiertos completamente, volteó a ver a su alrededor y vio la oscuridad de su cuarto, cosa que lo alivió y e hizo que se tumbara en la cama y cerrara los ojos mientras sonreía al darse cuenta de que nada fue real. Veinte minutos después abrió los ojos y vio la hora, pasaba de las 6. Se levantó y fue a lavarse la cara, acto seguido fue a su closet y se cambió. Cuando los ojos se le acostumbraron completamente a la oscuridad, sacó una caja de debajo de la cama y la puso sobre ella.

El corazón se le agitó otra vez mientras miraba aquella caja de gran tamaño, la abrió y sonrió. Tomó uno de los revolvers que había en la caja y acarició el metal frío, mientras su sonrisa se ampliaba. –Hoy es el día-.


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